Manual personal e intransferible. Capítulo I, "El valor del silencio".
Ayer leí un interesante post en un digital cultural sobre Kierkegaard y la reivindicación que hacía de los silencios como una especie de medicina social. La publicación es ideal, ya que tiene una perfecta aplicación en el mundo que lee estas líneas, dos siglos después del nacimiento del autor. Ruido y mensaje. Lo trascendente y lo irrelevante. Uso a menudo Instagram, Twitter y Whatsapp. No consumo prensa escrita ni televisiva, pero sí digitales (o versiones digitales). Soy incapaz de contar la cantidad de información que recibo de innumerables fuentes en un día de mucha actividad en la red. Aparte están los comentarios de barra de bar, la oración diaria sobre el "corona" y la nueva celebridad cancelada por cagarla ese día (quizás escriba algo sobre la "gamificación" del odio en las redes sociales). Y luego, por supuesto, los problemas de uno, cómo me nace el día, las lecciones tomadas en clase y los avatares de la socialización voluntaria e involuntaria. Me mareo sólo de pensar en tener que procesar y asimilarlo todo. Pero lo hago. O lo intento.
Aquél artículo me hizo pensar sobre cómo me relaciono con esa marabunta de información diaria. Mi cerebro encuentra trucos de forma inconsciente, por supuesto. A veces pongo toda mi atención, otras estoy a dos cosas y en ocasiones simplemente pongo el piloto automático. Pero hay veces que necesito parar. Hay asuntos que en ocasiones requieren de mí una pausa y un ejercicio de acallamiento. Y hablo de una acción premeditada, sí. Un esfuerzo. El silencio se construye. Construyo silencio cuando dedico un ratito para mí, y no para escuchar ese podcast que tanto me hace reír. Construyo silencio cuando dejo el móvil en casa un día y me evito esa llamada intrascendente. Construyo silencio cuando no entro en Instagram para ver la última historia subida por ese conocido mío al que no veo desde hace un año. Lo hago cuando me paro ante un folio en blanco y decido tomar yo la palabra, y dejar que calle el resto por un instante. Construyo también silencio cuando me alejo de una persona a la que, por el propio respeto a la relación que nos une, entiendo que nos viene bien ponernos en pausa un segundo (o diez... o un millón). Hay momentos y hay asuntos para los que necesito ese silencio, un silencio que me conecte conmigo y me ayude a valorar y quizá, si lo requiere, tomar una decisión.
Me di cuenta al leer aquello que la teoría me la tenía bien aprendida, pero que últimamente no lo ponía en práctica. Y también me di cuenta que era algo que echaba de menos. De los reveses se aprende, dicen. Y es cierto, pero también creo que si no me doy la oportunidad de hacerlo, acabo corriendo el riesgo de huir hacia adelante con la esperanza de que el tiempo ponga las cosas en su lugar. El silencio es una buena medicina para los males sociales, estoy convencido de ello. Y pienso que desde ese silencio resulta mucho más fácil tener esa conversación interior que hace falta, y hacerlo desde la honestidad, el equilibrio, la aceptación y la humildad. Honestidad para atreverte a señalar los errores. Equilibrio para no permitir que ese juicio te engulla en la culpa. Aceptación para saber entender quién eres y qué cosas no puedes cambiar de ti. Y humildad para reconocer qué cosas sí que puedes y debes cambiar.
Hoy he tenido esa conversación. El tiempo dirá qué saco en conclusión de todo ello, pero al menos estoy preparado para comenzar mi semana con la mente más despejada y el corazón un poco más limpio.
A.
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