Lección de caligrafía

 

La luz de Loen y Kai asomaba por el tragaluz. Junto a ella, las voces de las últimas recolectoras rezongando deseosas de terminar su turno, dejar la hilera y regresar junto a su familia. Desde la cama, Mae soñaba con acompañarlas. Tenía el porte indicado para recoger junco del valle. Era más alta y más fuerte que casi todos los niños de la plantación. Incluso sacaba media cabeza a Vano, un verano mayor que ella. Algunas niñas de su edad ya se habían incorporado en la pasada siembra. Se ocupaban de tareas auxiliares como el traslado de fardos o el suministro de agua y pan. Esa noche Mae deseaba salir. Esa no era noche para las historias de Amina.

Hasta donde recuerda, al terminar cada jornada en la residencia señorial aquella mujer había dedicado un pedacito de su tiempo para contar a los niños cuentos y leyendas sobre un pueblo desaparecido hacía cientos de veranos. El capataz estaba al corriente de esta inusual actividad pero no le había dado mayor importancia. Es posible que los señores también estuvieran al tanto de los cuentos con los que Amina amenizaba las noches en el barracón. Lo que no sabían los señores es que aquellas sesiones albergaban verdaderas lecciones de historia y que el pueblo antaño desaparecido era el mismo al que Mae y el resto de condenados pertenecían: los humanos.

La habitación era espaciosa y estaba perimetrada por una fila de literas que sólo dejaba margen para una puerta al pasillo. Desde esa entrada el dormitorio se alimentaba con un reguero de rostros cansados y tez cetrina. Niños y niñas acudían a su cita diaria con Amina antes de dormir. No estaban preparados para el trabajo físico. No como lo estaba Mae. Al otro lado del pasillo había una habitación gemela para los mayores. Casi todos habían compartido mesa y ración en familia al volver del trabajo. Esa noche, en cambio, los padres de Mae no habían regresado.

Amina llegó con retraso. Tras dedicar una sonrisa forzada a los chicos cerró cuidadosamente la puerta y se apresuró al centro del corro que habían improvisado. Vestía su habitual chal de encaje encima de un vestido simple propio del servicio. Depositó la lucerna en el suelo y un saco demasiado pesado para su enjuta figura. De su interior extrajo unos fragmentos de piedra que repartió. Mae se fijó que tenían una cara regular, casi lisa.

-Perdonad mi ausencia durante la cena. ¿Habéis comido todos? –preguntó Amina.

-¿Para qué nos das esto, umai? -interrumpió con voz nasal Dane.

-Ahora vamos a ello. Pero lo primero es lo primero. ¿Falta alguien por cenar? -insistió cortante Amina, que sabía que aunque las comidas eran comunales, la solidaridad era un principio demasiado bien cotizado entre los condenados. Sobre todo cuando escaseaban los avíos.

El grupo guardó silencio, incluida Mae, quien había rechazado a Vano media ración de caldo.

-Hoy me gustaría hacer algo diferente -comenzó Amina-. Decidme: ¿Sabéis de donde proceden las palabras?

-Papá dice que nos las confirieron los dioses, umai -se aventuró Mae, acomodada entre Vano y Rila-. Que así nos premiaron por actuar conforme a Armonía.

-Tu padre habla con sabiduría, Mae. En efecto, las palabras fueron otorgadas por los dioses. Primero esperaron un gesto de nosotros. Una vez nos mostramos dignos de su mundo, nos enseñaron a Pronunciarlo. En este momento y en esta habitación el mundo está siendo Pronunciado con nuestro cuerpo.

-Umai, ¿quieres decir que “hablamos”? -preguntó la joven Ema tras una maraña de rizos.

-Eso es. Pero el cuerpo no es la única forma de Pronunciar el mundo y sus Verdades. Hay otra manera. Quiero que os acerquéis a este saco y cojáis cada uno un pedazo de carbón. Hoy vamos a dibujar.

De uno en uno los muchachos se acercaron y cogieron un carboncillo. Al terminar, Amina recogió el suyo y apartó de una suave patada el saco medio vacío. De rodillas, con el carbón en su mano izquierda dibujó sobre el suelo rocoso un gran trazo curvo que sugería una circunferencia. A punto de cerrarla, formó un lazo y el trazo descendió en línea recta.

-Este símbolo representa el sonido “a”. Se asocia al dios Ayma. Los humanos le veneraban como señor del amor y el deseo. Podéis dibujarlo en la tablilla.

A excepción de los más curiosos, los aprendices procedieron entonces a imitar a su maestra. El trazo de Mae no quedó muy regular ni siquiera en el cuarto intento, aunque se podía reconocer la forma.

-A ver si lo igualas -la retó orgulloso Vano, mostrando su obra a Mae.

-Tendría que echarle imaginación para ver algo de amor en tu dibujo.

La maestra recorrió el círculo al llamado de los jóvenes, anhelantes de validación. Mae no tenía claro la utilidad de las lecciones pero sin duda despertaban algo en aquellos muchachos. Terminada la ronda, Amina regresó junto a la perfecta “a”. Entonces sus miradas se cruzaron. Amina esperaba que su alumna más aventajada se hiciera portaverdades, como ella. Según le había contado, la labor de los portaverdades se remonta a los tiempos de la Humanidad. Desde entonces sus miembros han transmitido de forma oral y clandestina, generación tras generación, la cultura que les fue arrebatada.

Pasado un momento, Amina recogió su lucerna y su saco.

-Siento irme ya pero es muy tarde y tenéis que descansar. Quiero que os quedéis la tablilla y el carbón. Guardadlos bajo vuestro jergón, con cuidado de que nadie lo vea. Durante esta semana Pronunciaremos las siete vocales y hablaremos sobre los dioses que las otorgaron.

-¿Cuál es el fin de la actividad, umai? -preguntó Ema- ¿De qué nos sirve pintar rayones a las que trabajamos en la hilera?

Había una verdad dolorosa en su pregunta. Incluso los que aún no tenían labor entendían a qué se refería. Eran simples condenados. O lo que es lo mismo: No eran nadie.

Amina respondió desde la puerta.

-Para que recordéis.

-¿Recordar qué, umai? -intervino Mae.

-Quiénes sois, mi niña.

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